Cuatro meses de sabernos en pandemia, actores de reparto en una tragedia global.
Mil veces puteé y traté de entender.
Un poco, solo un poco, extrañé no tener más lo que a decir verdad, nunca tuve.
Quise hablar varias veces con Pía.
Dejó de interesarme todo.
Me acerqué a los imprescindibles.
Estuve triste.
Bailé.
Lloré.
Me reí, aunque nunca a carcajadas.
Por un rato, me interesé por alguno.
Cancelé turnos médicos
pero fui al oculista: lo que sea que se venga, necesito verlo bien.
Jugué con algún amigo.
Hice fitness y unfitness.
Tuve miedo.
Tuve pérdidas.
Tomé hierro
y me entregué al sangrado de la acuarela,
de las palabras y de las imágenes.
Amé conocer a los jóvenes con los que vivo.
Me hice feligresa de la religión de agradecer.
Odié no besar, no caminar con Nora, no estar con mi mamá sin barbijo.
Junté rabia con los que salen al pedo.
Quise correr a abrazar a Anabella.
Descreí de la carrera de los meses.
Tuve dudas sobre la otra orilla
y dificultad, por momentos, de sujetarme al bote.
No sé ustedes, pero yo odié ser testigo presencial de los próximos libros de historia.