El sábado a la noche, por esas cosas de la vida, me encontré caminando por un barrio lleno de hoteles. Cuando digo hoteles, me refiero a esos de dos estrellas, que a menudo tienen una tele en el lobby, ventanas con persianas que dan a la vereda, plantas de plástico y un conserje cansado que mira el partido esperando que la rutina diaria se vaya cumpliendo hasta el fin de su turno. Son lugares que se prestan para la visita esporádica a un familiar, una reunión de trabajo con bajo presupuesto en otra ciudad, pero también son el espacio permitido para el romance que no tiene casa ni comida. Su inevitable oscuridad es escondite para los amores inconvenientes y el póster del paisaje de un atardecer en la montaña es escenografía para interminables conversaciones que prologan o resumen encuentros amorosos de esos del tercer tipo, los que solo se consiguen a la sombra de la ley.
Conocí decenas de esos hoteles. Era muy joven por entonces. En esas veladas que duraban días sin salir a comer y sobre llanto, dolor y mucho amor decidí construir casi la mitad de mi vida. Entre paredes de machimbre, frazadas de matelassé y pisos fríos, terminé por adorar el desayuno con medialunas secas y jugo Tang.
El sábado pasado lloviznaba. Caminé sin paraguas y con frío, no recuerdo cuántas cuadras. Mojarse la cara despierta los sentidos, clarifica la mente -aunque eso no sea necesariamente feliz-, e interpela al corazón. Qué hago, por qué, qué me pasa, cómo sigo, y así. El estado de lucidez y sensibilidad ideal para poder ver entre las entradas de los edificios que pasaba a un paso acelerado, esos hoteles que me llevaron al registro en todo el cuerpo de las cosas que hacemos sin darnos cuenta solo para sentirnos vivos.