Hace muchos años hice por un tiempo este blog. Tiene cosas que hoy no subiría pero le estoy dando otra oportunidad. Las imágenes están en Instagram. Los textos nuevos que tengo ganas de subir, están acá.
sábado, 30 de enero de 2016
martes, 12 de enero de 2016
Cortejo 3.0
Mentiría si dijera que me he convertido en una especialista en mating online, pero voy acumulando una interesante experiencia. Especialmente interesante para alguien como yo que gusta de analizar y tratar de comprender las vueltas del cortejo y qué hace que algunos despierten en otros lo que los de más allá no logran inspirar.
La primera consigna para mantenerte por los sitios es superar, o mejor, conocer y vigilar tus prejuicios para que no te conviertan en un ser deleznable.
Precisamente en los sitios de mating por internet el gen del prejuicio labura como ninguno. Con un par de fotos y algunas líneas en el mejor de los casos, el otro en cuestión recibe o no tu “corazón”. No hay tiempo para la seducción, la química, el remo, nada. La foto, un par de líneas y entrás o no entrás en su lista de deseos.
Reconozco que a mi cabeza militante de causas antidiscriminación le ha costado bastante aceptar este experimento que me propuse hacer en estas redes. De todos modos, sigo adelante, pongo una cosa y otra en el tubo de ensayo, observo y anoto. Es un verdadero experimento pero por cierto, bastante divertido.
Primero abrí una cuenta en un sitio diría, tradicional, porque pensé que lo importante pasaba por lo que uno escribía y las respuestas a las preguntas diseñadas por sus administradores. Muchos de los nuevos sitios solo te permiten presentarte con fotos.
Como pasa en la vida, me costó encontrar en la franja de edades que elegí a un hombre que me resultara merecedor de un corazón. Con los años y una buena relación con la propia libertad, cierto es que algunas/os de nosotras/os nos hemos vuelto bastante selectivas/os, especialmente para atravesar el esfuerzo que supone empezar a conocer a alguien.
Al poco tiempo comenzaron a caer mensajes de hombres que sin haber recibido mi corazón, tomaban la iniciativa. El primer asunto a discernir es si se trata o no del que anda con la medio mundo en estos sitios y copia y pega mensajes a troche y moche. En caso de que te escriban a vos, a menudo son completamente incontestables. Por ejemplo, pocos días después de abrir la cuenta, me escribió un niño de 23 años que me dijo que buscaba quién le cocinara. Claramente conmigo iría frito, si me permiten el chascarrillo. Aun si su mensaje fuera verdad, de tan de manual, su búsqueda de mamá me pareció patética. Y si fuera mentira, también.
En mi temprana adolescencia, época en que gustaba de leer novelas de amor, me interné en una de Richard Bach (¡!) que se llamaba “Un puente hacia el infinito”. Siempre recuerdo una escena en la que el protagonista, deslumbrado por una mujer que había entrado en el ascensor en el que él estaba, elucubraba sobre cómo decirle algo sin quedarse pagando. Pensaba que hubiera deseado que existiera un modo culturalmente aceptable donde uno pudiera decirle a un desconocido “me encantas y quisiera saber quién eres”, con un código “no, gracias”, si el encanto no fuera mutuo. Palabras más, palabras menos, sepan comprender que es un texto que leí hace más de 30 años.
Esa escena se me viene a la cabeza cada vez que cruzo a algún bombón por la calle. Pero también en este experimento, el pensamiento del libro me hizo considerar responder educadamente a todos los mensajes que me dicen cosas lindas. Lo intenté pero comprobé que difícilmente la comunicación se cortaba ahí y tampoco es que por haber abierto esta cuenta me haya convertido en una de esas personas a las que les gusta charlar con todo el mundo.
Como el sitio es internacional, recibí mensajes de Francia, Estados Unidos y Alemania, además de la Argentina. El que más me conmovió fue el gringo que me abordó contándome que hacía unos años se había separado porque encontró a su mujer en la cama con su mejor amigo. Que la pasó muy mal pero que ahora estaba recuperado y deseante de una nueva pareja. No sé si será mentira pero supongo que de serlo, en algún lugar se habrá comprobado que la compasión o solidaridad que despierta un caso así, eventualmente puede acercarle mujeres. No entiendo cómo funciona eso en la cabeza de una mujer, tal vez la esperanza de que un hombre así nunca la pondría a ella en el lugar que él padeció. O quién sabe.
Creo que lo más interesante de estos sitios está precisamente en las estrategias que elegimos los humanos a la hora de seducir. Para atraer a un otro para tener sexo eventual o para conquistar su corazón más profundamente.
Después de unos días, mi timidez comenzó a temer encontrar a los de las fotos en la vida real, por obra del azar nomás. Fue entonces cuando cualquier ida al Chino se convirtió en un posible escenario para cruzarme con uno de los que megusteé online y ahí sí, ¡qué quemo!
La cosa se agrava cuando la red es una de estas Apps que funcionan con geolocalización. Entre los primeros candidatos que se encontraban “cerca” y que esta App me sugirió cuando abrí mi cuenta estando en mi casa fue al fiambrero de la esquina que, en su descripción, prefirió poner “empresario en quesos”.
A propósito de los sitios que ubican a la gente con la que te cruzás y te muestran su perfil en tu teléfono, no sé si son los barrios por los que yo transito pero es asombrosa la cantidad de hombres de este rango de edad que suben fotos en un barco, una súper moto o un auto. Algo de su potencia se debe jugar ahí. La bióloga que hay en mí no deja de mirar con curiosidad los motivos por los que el hombre también elige para estas redes fotos en las que en general está haciendo cosas arriesgadas, deportes extremos o turismo aventura.
Después está el que abre un perfil con una foto de Macri (¿o sería Macri?), de un actor de Hollywood o de Bart Simpson. No soy yo quien vaya a decirle al pirata que cuide sus formas pero se me ocurre que hay otras maneras de conseguir adrenalina que meterse en un sitio de citas por internet donde podrías cruzarte con gente conocida.
Algo interesante en mi corta experiencia en estas redes es que los que más me escriben son hombres de treintaypico. Tal vez eso sea resultado de que los de cuarentaypico que yo puse en mis preferencias reciben muchos corazones de señoritas de 20, quién sabe. Es muy pronto para sacar conclusiones.
El amor es algo importante para la mayoría de los mortales. Sin embargo, algo nos avergüenza de que se sepa que estamos en esas redes. Tenemos muchos prejuicios con ellas, más que los que tenemos con hombres y mujeres que van a un bar, a bailar, a un cumpleaños o a un campamento con la secreta esperanza de conocer a alguien que les ofrezca un momento de felicidad.
Definitivamente este tema está lleno de aristas que darían para un tratado sobre el cortejo, la seducción y la manera en que queremos darnos a conocer por un otro especial. Pero tranquilos, no seré yo quien escriba ese tratado. Y menos ahora que acabo de recibir un nuevo Crush.
La primera consigna para mantenerte por los sitios es superar, o mejor, conocer y vigilar tus prejuicios para que no te conviertan en un ser deleznable.
Precisamente en los sitios de mating por internet el gen del prejuicio labura como ninguno. Con un par de fotos y algunas líneas en el mejor de los casos, el otro en cuestión recibe o no tu “corazón”. No hay tiempo para la seducción, la química, el remo, nada. La foto, un par de líneas y entrás o no entrás en su lista de deseos.
Reconozco que a mi cabeza militante de causas antidiscriminación le ha costado bastante aceptar este experimento que me propuse hacer en estas redes. De todos modos, sigo adelante, pongo una cosa y otra en el tubo de ensayo, observo y anoto. Es un verdadero experimento pero por cierto, bastante divertido.
Primero abrí una cuenta en un sitio diría, tradicional, porque pensé que lo importante pasaba por lo que uno escribía y las respuestas a las preguntas diseñadas por sus administradores. Muchos de los nuevos sitios solo te permiten presentarte con fotos.
Como pasa en la vida, me costó encontrar en la franja de edades que elegí a un hombre que me resultara merecedor de un corazón. Con los años y una buena relación con la propia libertad, cierto es que algunas/os de nosotras/os nos hemos vuelto bastante selectivas/os, especialmente para atravesar el esfuerzo que supone empezar a conocer a alguien.
Al poco tiempo comenzaron a caer mensajes de hombres que sin haber recibido mi corazón, tomaban la iniciativa. El primer asunto a discernir es si se trata o no del que anda con la medio mundo en estos sitios y copia y pega mensajes a troche y moche. En caso de que te escriban a vos, a menudo son completamente incontestables. Por ejemplo, pocos días después de abrir la cuenta, me escribió un niño de 23 años que me dijo que buscaba quién le cocinara. Claramente conmigo iría frito, si me permiten el chascarrillo. Aun si su mensaje fuera verdad, de tan de manual, su búsqueda de mamá me pareció patética. Y si fuera mentira, también.
En mi temprana adolescencia, época en que gustaba de leer novelas de amor, me interné en una de Richard Bach (¡!) que se llamaba “Un puente hacia el infinito”. Siempre recuerdo una escena en la que el protagonista, deslumbrado por una mujer que había entrado en el ascensor en el que él estaba, elucubraba sobre cómo decirle algo sin quedarse pagando. Pensaba que hubiera deseado que existiera un modo culturalmente aceptable donde uno pudiera decirle a un desconocido “me encantas y quisiera saber quién eres”, con un código “no, gracias”, si el encanto no fuera mutuo. Palabras más, palabras menos, sepan comprender que es un texto que leí hace más de 30 años.
Esa escena se me viene a la cabeza cada vez que cruzo a algún bombón por la calle. Pero también en este experimento, el pensamiento del libro me hizo considerar responder educadamente a todos los mensajes que me dicen cosas lindas. Lo intenté pero comprobé que difícilmente la comunicación se cortaba ahí y tampoco es que por haber abierto esta cuenta me haya convertido en una de esas personas a las que les gusta charlar con todo el mundo.
Como el sitio es internacional, recibí mensajes de Francia, Estados Unidos y Alemania, además de la Argentina. El que más me conmovió fue el gringo que me abordó contándome que hacía unos años se había separado porque encontró a su mujer en la cama con su mejor amigo. Que la pasó muy mal pero que ahora estaba recuperado y deseante de una nueva pareja. No sé si será mentira pero supongo que de serlo, en algún lugar se habrá comprobado que la compasión o solidaridad que despierta un caso así, eventualmente puede acercarle mujeres. No entiendo cómo funciona eso en la cabeza de una mujer, tal vez la esperanza de que un hombre así nunca la pondría a ella en el lugar que él padeció. O quién sabe.
Creo que lo más interesante de estos sitios está precisamente en las estrategias que elegimos los humanos a la hora de seducir. Para atraer a un otro para tener sexo eventual o para conquistar su corazón más profundamente.
Después de unos días, mi timidez comenzó a temer encontrar a los de las fotos en la vida real, por obra del azar nomás. Fue entonces cuando cualquier ida al Chino se convirtió en un posible escenario para cruzarme con uno de los que megusteé online y ahí sí, ¡qué quemo!
La cosa se agrava cuando la red es una de estas Apps que funcionan con geolocalización. Entre los primeros candidatos que se encontraban “cerca” y que esta App me sugirió cuando abrí mi cuenta estando en mi casa fue al fiambrero de la esquina que, en su descripción, prefirió poner “empresario en quesos”.
A propósito de los sitios que ubican a la gente con la que te cruzás y te muestran su perfil en tu teléfono, no sé si son los barrios por los que yo transito pero es asombrosa la cantidad de hombres de este rango de edad que suben fotos en un barco, una súper moto o un auto. Algo de su potencia se debe jugar ahí. La bióloga que hay en mí no deja de mirar con curiosidad los motivos por los que el hombre también elige para estas redes fotos en las que en general está haciendo cosas arriesgadas, deportes extremos o turismo aventura.
Después está el que abre un perfil con una foto de Macri (¿o sería Macri?), de un actor de Hollywood o de Bart Simpson. No soy yo quien vaya a decirle al pirata que cuide sus formas pero se me ocurre que hay otras maneras de conseguir adrenalina que meterse en un sitio de citas por internet donde podrías cruzarte con gente conocida.
Algo interesante en mi corta experiencia en estas redes es que los que más me escriben son hombres de treintaypico. Tal vez eso sea resultado de que los de cuarentaypico que yo puse en mis preferencias reciben muchos corazones de señoritas de 20, quién sabe. Es muy pronto para sacar conclusiones.
El amor es algo importante para la mayoría de los mortales. Sin embargo, algo nos avergüenza de que se sepa que estamos en esas redes. Tenemos muchos prejuicios con ellas, más que los que tenemos con hombres y mujeres que van a un bar, a bailar, a un cumpleaños o a un campamento con la secreta esperanza de conocer a alguien que les ofrezca un momento de felicidad.
Definitivamente este tema está lleno de aristas que darían para un tratado sobre el cortejo, la seducción y la manera en que queremos darnos a conocer por un otro especial. Pero tranquilos, no seré yo quien escriba ese tratado. Y menos ahora que acabo de recibir un nuevo Crush.
sábado, 2 de enero de 2016
¿Venís seguido a chatear por acá?
Una serie de casualidades me hicieron interesar en las redes de mating o búsqueda de pareja. No es algo que yo hubiera explorado jamás porque confieso que antes de intentarlo, tenía (¿debería decir tengo?) todos los prejuicios imaginables alrededor de sus usuarios y del mismísimo hecho de llegar allí en busca de un encuentro romántico. Más bien, siempre he sido fan de las personas que se cruzan en los lugares habituales o no tanto, por astucia propia del destino más que por premeditación. Y debo decir que no me ha ido tan mal.
Pero es verdad que a medida que pasan los años, los encuentros se han vuelto asunto de estudio y análisis en largas y, a menudo, etílicas conversaciones con amigos de todos los sexos. Mis prejuicios solo me han permitido imaginar del otro lado de las plataformas de citas a un tipo de hombre soltero, con chaleco Burma, que vive con la mamá y un cócker. A la vez, siempre me pesó el estigma de las mujeres que llegan a esos lugares como única y desesperada estrategia para conocer un alguien con quien compartir una parte de su vida.
Lo cierto es que desde siempre, el combate contra la soledad entre hombres y mujeres mueve tantas montañas como la fe. Y estas redes han sido pobladas por personas menos arquetípicas que las que yo tengo dibujadas en mi mente. Tan es así que desde hace un tiempo me ha resultado un fenómeno interesante enterarme de que hermosas y súper inteligentes mujeres que me rodean usan estas redes para conocer personas del sexo que les atrae. Más aún, un amigo muy apetecible, nada comparable con el señor del cócker que navega en mi imaginación, me comentó hace pocos días que conoció a su actual mujer a través de uno de estos sitios, aumentando así la evidencia empírica de que estos son lugares también visitados por personas que podrían resultarme atractivas o interesantes.
A pesar del rechazo que me causaba a priori un sistema montado sobre la idea de que el encuentro con una persona para una aventura romántica suceda a través de una enorme góndola de supermercado donde el packaging sea la razón de la elección, me avoqué a la experimentación in situ. Elegí una red, armé mi perfil y me lancé a lo desconocido.
Para animarme a seguir adelante, me recordé a mí misma, todo el tiempo, que se trata de un experimento y que solo necesito mezclar las sustancias y observar qué pasa. Es una decisión movilizada meramente por un interés científico, diría. Además de tu foto, la plataforma que elegí te pide completar una serie de preguntas que son usadas en un algoritmo que compara tus respuestas con las de otros humanos que están registrados allí. Frente a estas preguntas, recordé las recomendaciones de una de mis amigas que recalcó que no era imprescindible responder a todas las preguntas pero que yo debía saber cuáles sí era fundamental para mí que el sistema supiera. ¿Te gusta que te aten? ¿Te gusta que te peguen? Y ese tipo de cosas que no viene mal anticiparle a los algoritmos de qué lado de la fórmula binaria estás, para evitar sorpresas.
Termino de responder las preguntas que me resultaron más interesantes y pido al sistema el primer grupo de coincidencias. El primero que aparece es un señor que subió una foto donde tiene como fondo uno de esos kioskos de caramelos a granel típico de los shoppings o cines caros. Mirando la foto me di cuenta de que más que la apariencia del candidato en sí, me intriga la elección de la foto que hacen. ¿Por qué alguien habría de sacarse una foto con los caramelos a granel de fondo? ¿Cómo piensa un hombre que decide presentarse con esa foto? Luego me muestra a uno al que le gustan las motos. No puede vivir sin ellas, dice. Y ya me voy convenciendo de que todo lo que suponía sobre estas redes es exactamente así. Otro se presenta con una foto donde tiene el buzo atado al cuello, lo que en mí, solo genera ganas de salir corriendo. (¡Pero así no vas a conocer a tu alma gemela!) El sistema insiste y me sugiere otro que dice que entre las cosas que le gustan está la pesca con mosca y el pollo frito. Tampoco. ¿Qué decir de uno que postea una foto suya con Guillermo Coppola? Huyo. Donde la plataforma te pide que contestes en qué sos muy bueno, éste dice “la cama”. Ok, próximo. Fue entonces cuando apareció el feo. Pero feo, feo. Algo en los dientes, no sé. Sin embargo, lo que escribe en su descripción parece interesante. Muy interesante. ¿Y entonces? ¿Y el que elige para presentarse una foto en la que está de fiesta con dos regias señoritas? No me explico. Después está el de ojos azules que sabe perfectamente lo que garpan, al punto de que dos de sus tres fotos son primeros planos de los ojos. Menciona en el texto lo bueno que es contando historias con fotos. A mi juego me llamaron, pensé. Pero enseguida dictaminé que las fotos podría haberlas sacado uno no tan bueno contando historias con fotos, según mi perspectiva, claro. Mejor sigo. Y de repente, un entrenador de tenis. No me gusta mucho pero pienso que no estaría mal tener entrenador gratis. Dos minutos después recuerdo que no es éste un lugar para buscar mejorar mi tenis. El siguiente subió la foto girada 90 grados. No sé si habrá sido a propósito o no se dio la más mínima maña con la tecnología. Ninguna de las dos opciones me resulta particularmente interesante. De pronto, aparece uno que es muy bueno, según él mismo dice, arreglando cosas de la casa. Ojo que puede ser, ¡eh! Todos se presentan como el papá perfecto. Eso nos gusta, es verdad. Sin embargo, me digo para adentro que estaría bueno que la página incluyera el testimonio de la ex. Muchos dicen que cocinan bien. Yo no puse nada al respecto en mis preferencias, pero adelanto que los ranquea alto, sin dudas. Al que puso la foto con su perro, yo casi le cliqueo varios corazones solo por eso. Pero prefiero moderar mi entusiasmo de principiante. Se me presenta otro en la foto parece mayor de lo que dice. Pienso en la advertencia de mi amiga: ojo que muchos mienten con la edad. Y con la altura.
Paso por algunos que tienen un llamativo grado de coincidencias con lo que yo contesté, y me resultan realmente interesantes. Me divierten algunas respuestas o las fotos que suben. Insisto, para mí, dice más la foto que eligen que cómo lucen en ella. Está el que sube una foto en la que solo se ve una pared. Si él está en el lugar, no sabés, porque no entró en el cuadro. Me intriga si habrá sido adrede porque ya está de vuelta de todo o ni siquiera lo advirtió.
Sigo sin poder sobrellevar el prejuicio que me generan estos sitios pero continúo relojeando a mis potenciales candidatos… A ver…éste es interesante…Pero no, no sabe manejar. Ya me veo llevándolo desde mi casa hasta Parque Patricios todos los días. No creo que resulte.
Me detengo a pensar en la maravillosa magia del encuentro, de conocer a otro con quien vibrar, alguien que te interese todo, que te dé ganas de compartir, que te proponga una vida más atractiva que todas las prerrogativas de la soledad, que te invite a atravesar las cimas y los valles de las relaciones amorosas…Un otro que esté en el momento preciso en el lugar preciso. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Una verdadera alquimia de personas, lugares, momentos y sentimientos. Nada fácil. Y no deja de sorprenderme el pensar cuánto de lo que hacemos hombres y mujeres, más o menos conscientemente, está casi por designio evolutivo orientado a encontrar una pareja. Me sirvo otra copa y…¡epa! Perá. Este es músico, particularmente ocurrente para escribir sobre él. Excelente sentido del humor. Bueno vendiéndose, pero a la vez, se mofa de serlo. Me gustó. Justo está online. Los dejo.
Pero es verdad que a medida que pasan los años, los encuentros se han vuelto asunto de estudio y análisis en largas y, a menudo, etílicas conversaciones con amigos de todos los sexos. Mis prejuicios solo me han permitido imaginar del otro lado de las plataformas de citas a un tipo de hombre soltero, con chaleco Burma, que vive con la mamá y un cócker. A la vez, siempre me pesó el estigma de las mujeres que llegan a esos lugares como única y desesperada estrategia para conocer un alguien con quien compartir una parte de su vida.
Lo cierto es que desde siempre, el combate contra la soledad entre hombres y mujeres mueve tantas montañas como la fe. Y estas redes han sido pobladas por personas menos arquetípicas que las que yo tengo dibujadas en mi mente. Tan es así que desde hace un tiempo me ha resultado un fenómeno interesante enterarme de que hermosas y súper inteligentes mujeres que me rodean usan estas redes para conocer personas del sexo que les atrae. Más aún, un amigo muy apetecible, nada comparable con el señor del cócker que navega en mi imaginación, me comentó hace pocos días que conoció a su actual mujer a través de uno de estos sitios, aumentando así la evidencia empírica de que estos son lugares también visitados por personas que podrían resultarme atractivas o interesantes.
A pesar del rechazo que me causaba a priori un sistema montado sobre la idea de que el encuentro con una persona para una aventura romántica suceda a través de una enorme góndola de supermercado donde el packaging sea la razón de la elección, me avoqué a la experimentación in situ. Elegí una red, armé mi perfil y me lancé a lo desconocido.
Para animarme a seguir adelante, me recordé a mí misma, todo el tiempo, que se trata de un experimento y que solo necesito mezclar las sustancias y observar qué pasa. Es una decisión movilizada meramente por un interés científico, diría. Además de tu foto, la plataforma que elegí te pide completar una serie de preguntas que son usadas en un algoritmo que compara tus respuestas con las de otros humanos que están registrados allí. Frente a estas preguntas, recordé las recomendaciones de una de mis amigas que recalcó que no era imprescindible responder a todas las preguntas pero que yo debía saber cuáles sí era fundamental para mí que el sistema supiera. ¿Te gusta que te aten? ¿Te gusta que te peguen? Y ese tipo de cosas que no viene mal anticiparle a los algoritmos de qué lado de la fórmula binaria estás, para evitar sorpresas.
Termino de responder las preguntas que me resultaron más interesantes y pido al sistema el primer grupo de coincidencias. El primero que aparece es un señor que subió una foto donde tiene como fondo uno de esos kioskos de caramelos a granel típico de los shoppings o cines caros. Mirando la foto me di cuenta de que más que la apariencia del candidato en sí, me intriga la elección de la foto que hacen. ¿Por qué alguien habría de sacarse una foto con los caramelos a granel de fondo? ¿Cómo piensa un hombre que decide presentarse con esa foto? Luego me muestra a uno al que le gustan las motos. No puede vivir sin ellas, dice. Y ya me voy convenciendo de que todo lo que suponía sobre estas redes es exactamente así. Otro se presenta con una foto donde tiene el buzo atado al cuello, lo que en mí, solo genera ganas de salir corriendo. (¡Pero así no vas a conocer a tu alma gemela!) El sistema insiste y me sugiere otro que dice que entre las cosas que le gustan está la pesca con mosca y el pollo frito. Tampoco. ¿Qué decir de uno que postea una foto suya con Guillermo Coppola? Huyo. Donde la plataforma te pide que contestes en qué sos muy bueno, éste dice “la cama”. Ok, próximo. Fue entonces cuando apareció el feo. Pero feo, feo. Algo en los dientes, no sé. Sin embargo, lo que escribe en su descripción parece interesante. Muy interesante. ¿Y entonces? ¿Y el que elige para presentarse una foto en la que está de fiesta con dos regias señoritas? No me explico. Después está el de ojos azules que sabe perfectamente lo que garpan, al punto de que dos de sus tres fotos son primeros planos de los ojos. Menciona en el texto lo bueno que es contando historias con fotos. A mi juego me llamaron, pensé. Pero enseguida dictaminé que las fotos podría haberlas sacado uno no tan bueno contando historias con fotos, según mi perspectiva, claro. Mejor sigo. Y de repente, un entrenador de tenis. No me gusta mucho pero pienso que no estaría mal tener entrenador gratis. Dos minutos después recuerdo que no es éste un lugar para buscar mejorar mi tenis. El siguiente subió la foto girada 90 grados. No sé si habrá sido a propósito o no se dio la más mínima maña con la tecnología. Ninguna de las dos opciones me resulta particularmente interesante. De pronto, aparece uno que es muy bueno, según él mismo dice, arreglando cosas de la casa. Ojo que puede ser, ¡eh! Todos se presentan como el papá perfecto. Eso nos gusta, es verdad. Sin embargo, me digo para adentro que estaría bueno que la página incluyera el testimonio de la ex. Muchos dicen que cocinan bien. Yo no puse nada al respecto en mis preferencias, pero adelanto que los ranquea alto, sin dudas. Al que puso la foto con su perro, yo casi le cliqueo varios corazones solo por eso. Pero prefiero moderar mi entusiasmo de principiante. Se me presenta otro en la foto parece mayor de lo que dice. Pienso en la advertencia de mi amiga: ojo que muchos mienten con la edad. Y con la altura.
Paso por algunos que tienen un llamativo grado de coincidencias con lo que yo contesté, y me resultan realmente interesantes. Me divierten algunas respuestas o las fotos que suben. Insisto, para mí, dice más la foto que eligen que cómo lucen en ella. Está el que sube una foto en la que solo se ve una pared. Si él está en el lugar, no sabés, porque no entró en el cuadro. Me intriga si habrá sido adrede porque ya está de vuelta de todo o ni siquiera lo advirtió.
Sigo sin poder sobrellevar el prejuicio que me generan estos sitios pero continúo relojeando a mis potenciales candidatos… A ver…éste es interesante…Pero no, no sabe manejar. Ya me veo llevándolo desde mi casa hasta Parque Patricios todos los días. No creo que resulte.
Me detengo a pensar en la maravillosa magia del encuentro, de conocer a otro con quien vibrar, alguien que te interese todo, que te dé ganas de compartir, que te proponga una vida más atractiva que todas las prerrogativas de la soledad, que te invite a atravesar las cimas y los valles de las relaciones amorosas…Un otro que esté en el momento preciso en el lugar preciso. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Una verdadera alquimia de personas, lugares, momentos y sentimientos. Nada fácil. Y no deja de sorprenderme el pensar cuánto de lo que hacemos hombres y mujeres, más o menos conscientemente, está casi por designio evolutivo orientado a encontrar una pareja. Me sirvo otra copa y…¡epa! Perá. Este es músico, particularmente ocurrente para escribir sobre él. Excelente sentido del humor. Bueno vendiéndose, pero a la vez, se mofa de serlo. Me gustó. Justo está online. Los dejo.
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