domingo, 15 de febrero de 2015

La casa en la playa

Siempre me causó cierta intriga qué es lo que lleva a la gente a elegir el nombre de sus casas de veraneo. Uno se imagina que detrás de cada cartel hay historias de parejas ilusionadas y familias que invierten en felicidad con gusto a mar. Cuando era chica, bastante chica, soñaba con ponerle alguna vez, a una casa mía en la costa, el nombre “el rulemán”. No sabía entonces ni tampoco ahora, qué es un rulemán pero en mi defensa, creo que era la sonoridad de esa palabra lo que me cautivaba. Los nombres responden a la imaginación, el talento o la intención de sus dueños. Me gusta elucubrar sobre los sueños que debe haber detrás de cada elección. Así, están las infaltables voces mapuches como “Cumelén”, los que resumen el nombre de personas como “Sanfer”, o los menos pretenciosos como “Sudestada” o “Cruz del Sur”. Uno imagina la hora de poner ese nombre como un momento de alta emocionalidad donde tal vez una pareja o una familia estén conmovidas por llegar a concretar el anhelo de tener una casa cerca de la playa y ver crecer sus sueños y su amor. Tanta fantasía de amor, de sueños, de metas compartidas y de felicidad cumplida se desmorona cuando vas por Valeria del Mar y descubrís una casa que se llama “Miti-miti”. Qué bajón, la terrenalidad.