Hace muchos años hice por un tiempo este blog. Tiene cosas que hoy no subiría pero le estoy dando otra oportunidad. Las imágenes están en Instagram. Los textos nuevos que tengo ganas de subir, están acá.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
martes, 15 de diciembre de 2015
lunes, 30 de noviembre de 2015
viernes, 14 de agosto de 2015
jueves, 30 de julio de 2015
martes, 28 de julio de 2015
miércoles, 10 de junio de 2015
martes, 12 de mayo de 2015
domingo, 3 de mayo de 2015
martes, 14 de abril de 2015
Besos
Dicen que es el día del beso. Yo lo celebro con un textito que escribí.
Besos del encuentro, besos de la espera, besos de la noche y del sueño cumplido. Los hay que sorprenden, los hay inesperados, los hay en las veredas antes de escapar a ningún lado. No hay besos arrebatados, más bien son compartidos, los hay coreografiados, programados y también escondidos. Los hay olvidados, los hay esperados. Pueden ser de fumador, de copa de vino o cualquier otro sabor. Son la roja pasión y las promesas que no son. Unos quedan ahí y hay mil que invitan a seguir. Los hay más urgentes y más resignados pero todos han de ser acalorados. Los hay del pasado y ya menos atrevidos, y están los del estribo, tímidos y reprimidos. Los buenos besos son presente habitado, dos cuerpos apretados, magnetismo húmedo y tiempo estacionado.
Besos del encuentro, besos de la espera, besos de la noche y del sueño cumplido. Los hay que sorprenden, los hay inesperados, los hay en las veredas antes de escapar a ningún lado. No hay besos arrebatados, más bien son compartidos, los hay coreografiados, programados y también escondidos. Los hay olvidados, los hay esperados. Pueden ser de fumador, de copa de vino o cualquier otro sabor. Son la roja pasión y las promesas que no son. Unos quedan ahí y hay mil que invitan a seguir. Los hay más urgentes y más resignados pero todos han de ser acalorados. Los hay del pasado y ya menos atrevidos, y están los del estribo, tímidos y reprimidos. Los buenos besos son presente habitado, dos cuerpos apretados, magnetismo húmedo y tiempo estacionado.
jueves, 26 de marzo de 2015
Desamar
Desamar es desarmar sin desandar.
Desamar no es el ruido de una llave que no llega más, ni la soledad de la noche, ni la fantasía de las vacaciones en familia hechas trizas.
Es más bien el abismo de empezar a conocerse, la montaña rusa de hacerse cargo de a dónde se llegó pero también de encontrar la libertad, otro tipo de libertad.
Son meses, años o el resto de la vida para saberse solo. Con las miserias, las tristezas y las alegrías. Nadie a quien responsabilizar por la propia infelicidad. Uno con uno.
martes, 3 de marzo de 2015
viernes, 20 de febrero de 2015
miércoles, 18 de febrero de 2015
Poder con el cuerpo y con el corazón
Hoy hace un año que empecé a correr. No corro maratones ni hago grandes hazañas. Mi osadía principal, aunque parezca poco, es el tiempo que ha pasado sin que lo haya abandonado.
En la vida, las cosas que para cada uno suponen un esfuerzo importante se sostienen por necesidad, por placer, por neurosis o por todo junto. Por algo de eso, hace un año empecé y contra todos los pronósticos, no he parado desde entonces.
Resulta que había decidido subir al Lanín. Dicen los que hablan ese idioma, que la sobreabundancia de fuego en la carta astral nos hace ir detrás de los deseos como máquinas imparables contra la adversidad. Al menos, debo decir, para verlos arrancar. Fuego o decisión, me dijeron que debía entrenar y me puse a hacerlo.
Motivada por asuntos en apariencia menos aventureros, otras dos veces había corrido, aunque distancias menores que ahora. Una a los 15 y otra a los 37 pero a los pocos meses, abandoné. Solemos abandonar rápido cuando las metas que realmente perseguimos tienen más que ver con el destino o hasta con el azar que con el mismísimo esfuerzo de correr.
Todos nos acercamos al running buscando diferentes cosas y hay hectáreas de papel escritas por gente que sabe mucho más que yo sobre por qué se ha expandido tanto o qué es lo que le sucede a la gente cuando corre. Yo soy una corredora bajas calorías, de poca intensidad y distancias cortas. Pero aun así, creo que la clave está en entender las causas que nos llevan a seguirlo haciendo. No hay nada placentero en levantarse más temprano, correr con 35 grados o con viento helado.
Más allá de las ambiciones personales de cada uno, creo que en general, el esfuerzo o el sacrificio, debería decir, se sostiene por algo más profundo que sucede adentro de uno y tiene que ver con ver al cuerpo, poder. Poder lo que no podía, poder lo que ni siquiera había soñado que el cuerpo haría.
Es una cuestión de potencia, de saberse capaz. La misma potencia que anticipé un día en las primeras vacaciones en familia, separada, cuando al cruzar la calle con los miles de petates de la playa entre los tres –antes cuatro- dije a mis hijos: de ahora en más, nosotros tres somos un equipo y vamos a poder. Para entonces se me hacía imposible imaginar la escena típicamente familiar de las vacaciones en este nuevo formato. O no sé qué imaginaba pero esas cosas se tienen que vivir para saberse potente, para saber que es posible, para saber que adentro de uno está esa fuerza que solo un tiempo atrás parecía propia de la vida de otros.
Los años que vinieron inmediatamente después fueron fundamentales para llegar a saber con todo el cuerpo que efectivamente podíamos. Claro que hay circunstancias tremendamente más difíciles en la vida que la que me tocaba en ese momento, e incluso antes de vivirlo podía dar clases magistrales en mesas de café sobre la volatilidad de los vínculos de pareja cuando los atraviesan las décadas. Pero pasar y tocar las paredes de las horas y los días de esa revolución de todo lo que te era propio hasta entonces es otra cosa. Es ver desmoronarse mucho de lo que sostenía nuestra vida, nuestra rutina, nuestros movimientos, los colores que nos rodeaban y los que nos calmaron silenciosamente durante años de las incertidumbres del futuro. Sin embargo, a veces, la búsqueda de la propia felicidad nos propone salir de esa tranquilidad, de aquello que nos es familiar. Son tiempos para transitar la tristeza, dejarla atrás y demostrarnos que podemos. O más que demostrar, sencillamente poder. Son tiempos de sentir en carne propia que se es capaz, con el cuerpo y con el corazón. Saber que un día ves la orilla y unos días después, llegás. Es una satisfacción que se siente en cada rincón de la propia humanidad.
La misma satisfacción que me da llevar un año mostrándole a mi cuerpo que todavía puede correr y más. La receta está ahí, en la vida misma, para nuestras más grandes hazañas se trata de hacer de uno, su cuerpo, su mente y su corazón, un solo equipo.
domingo, 15 de febrero de 2015
La casa en la playa
Siempre me causó cierta intriga qué es lo que lleva a la gente a elegir el nombre de sus casas de veraneo. Uno se imagina que detrás de cada cartel hay historias de parejas ilusionadas y familias que invierten en felicidad con gusto a mar.
Cuando era chica, bastante chica, soñaba con ponerle alguna vez, a una casa mía en la costa, el nombre “el rulemán”. No sabía entonces ni tampoco ahora, qué es un rulemán pero en mi defensa, creo que era la sonoridad de esa palabra lo que me cautivaba.
Los nombres responden a la imaginación, el talento o la intención de sus dueños. Me gusta elucubrar sobre los sueños que debe haber detrás de cada elección. Así, están las infaltables voces mapuches como “Cumelén”, los que resumen el nombre de personas como “Sanfer”, o los menos pretenciosos como “Sudestada” o “Cruz del Sur”.
Uno imagina la hora de poner ese nombre como un momento de alta emocionalidad donde tal vez una pareja o una familia estén conmovidas por llegar a concretar el anhelo de tener una casa cerca de la playa y ver crecer sus sueños y su amor.
Tanta fantasía de amor, de sueños, de metas compartidas y de felicidad cumplida se desmorona cuando vas por Valeria del Mar y descubrís una casa que se llama “Miti-miti”. Qué bajón, la terrenalidad.
miércoles, 11 de febrero de 2015
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