“Starting over”
Acabo de escuchar en la radio que hoy, 9 de
octubre, hubiera sido el cumpleaños de Lennon.
Nada menos. Hace unos días estuve
frente al Edificio Dakota, sin poder entender a la gente que se sacaba fotos
sonriendo mientras yo no paraba de lagrimear.
La muerte tiene eso para mí, desde siempre. No puedo tratarla sin solemnidad ni tristeza.
Mi papá se murió un 9 de octubre. Era sábado.
Miles de veces nos había intentado “preparar” para su muerte, pero mi
hermana y yo no lo dejábamos hablar del tema.
No era consciente, entonces, pero hoy creo que no podíamos tolerar siquiera
pensar en un nuevo abandono.
La pesadilla se había desencadenado ese
septiembre. Primero, náuseas y falta de
apetito, después análisis, diagnóstico y cáncer de estómago. “MTS en hígado”, decía el estudio que fui a
buscar con él. “No sabemos qué quiere
decir MTS, papá. Esperemos”. “Eso debe ser metástasis”, dijo, con la serenidad
y la claridad que nunca perdió.
En pocos días, nuestra vida había cambiado
por completo. Mi mamá, viuda a los 50.
Mi hermana y yo, sin papá, de nuevo.
Fue la primera verdadera pérdida en manos de la muerte.
No pude contárselo a nadie. Pensé que me había tocado exclusivamente ocuparme
de contener a mi mamá y a mis hermanos. Incluso,
una mañana que recuerdo como una película, fui sola a Chacarita a buscar la
urna, en un intento por dejar de lado cualquier simbolismo y ponerle el cuerpo
a la concepción más biológica y racional de la muerte que mi papá había
intentado enseñarme.
Pude hablar de su muerte con una de mis
mejores amigas, recién cuando había pasado un mes. Por suerte, años después, aprendí otras
maneras de tramitar el dolor y eso me salvó.
Por esos días, odié a los que se hacían los
amigos y llamaban para expresar su pena y que, en vida, habían tenido que ver,
desde su miseria, con los peores bajones de mi papá. Los últimos años habían sido duros para su
estado de ánimo, especialmente motivados por problemas en la empresa de
ingeniería que había creado cuando cruzó el charco para empezar de nuevo.
Un gran tipo, mi viejo. Algo nostálgico, sumamente
inteligente, con una cultura general que sorprendía y yo gustaba de admirar. Disfrutaba
de desafiarme intelectualmente cada vez
que se le presentaba una oportunidad. Aprendí
de él, o debo decir “heredé”, esa manera cuidadosamente racional de encarar la
vida, que me marcó durante muchos años.
Hoy la conservo para intentar entender, aunque tengo un paracaídas y me
dejo llevar por algunas magias.
Imperfecto, claro. Como yo, y como todos los demás.
Decidió adoptar, dar su apellido y su
corazón a dos hijas con padre ausente, aún ya teniendo otros cuatro hijos que
amaba profundamente. Me preparó para el examen
de ingreso a primer año, me enseñó a manejar y corrió para llevarme al hospital
por una apendicitis. Todo lo que hace un
papá, bah. Me puse colorada cuando me hizo notar que sabía de mi primer amor a
los 13. Me discutía sobre las razones de
la crisis ambiental solamente, creo, para verme razonar y exponer los motivos
que, por entonces, me acercaron a una militancia que marcó mi vida.
Era tan estricto como tierno. Tenía una mente que creció con el siglo. Pero peleó contra sus propios y, a menudo,
rígidos principios, aquella vez que me dijo que si quería ser realmente libre
tenía que decidir por mí y ponerle el cuerpo a las consecuencias, incluso cuando ellas tuvieran que ver con
enfrentarme con él.
Detesto no recordar más de lo que
recuerdo. El otro va quedando borroso y
esa es la peor muerte de la muerte. Por
suerte, las fotos de esos años sirven como disparadores de los recuerdos. Mi papá fue quien dejó en mis manos la
primera cámara que tuve, que él se había comprado en el viaje a Europa que había
hecho con mi mamá, a mediados de los 80s.
Mi papá también me enseñó a amar a Julio
Sosa. Y antes de morirse, le pidió a mi
hermana mayor que cuidara de mí.
Lo que aún no logré aprender es a tratar a
la muerte sin solemnidad ni tristeza.
Mi papá se murió un día como hoy, hace 20
años.