miércoles, 9 de octubre de 2013

Starting over

“Starting over”

Acabo de escuchar en la radio que hoy, 9 de octubre, hubiera sido el cumpleaños de Lennon.  Nada menos.  Hace unos días estuve frente al Edificio Dakota, sin poder entender a la gente que se sacaba fotos sonriendo mientras yo no paraba de lagrimear.  La muerte tiene eso para mí, desde siempre.  No puedo tratarla sin solemnidad ni tristeza.

Mi papá se murió un 9 de octubre.  Era sábado.  Miles de veces nos había intentado “preparar” para su muerte, pero mi hermana y yo no lo dejábamos hablar del tema.  No era consciente, entonces, pero hoy creo que no podíamos tolerar siquiera pensar en un nuevo abandono.

La pesadilla se había desencadenado ese septiembre.  Primero, náuseas y falta de apetito, después análisis, diagnóstico y cáncer de estómago.  “MTS en hígado”, decía el estudio que fui a buscar con él.  “No sabemos qué quiere decir MTS, papá.  Esperemos”.  “Eso debe ser metástasis”, dijo, con la serenidad y la claridad que nunca perdió.

En pocos días, nuestra vida había cambiado por completo. Mi mamá, viuda a los 50.  Mi hermana y yo, sin papá, de nuevo.  Fue la primera verdadera pérdida en manos de la muerte. 

No pude contárselo a nadie.  Pensé que me había tocado exclusivamente ocuparme de contener a mi mamá y a mis hermanos.  Incluso, una mañana que recuerdo como una película, fui sola a Chacarita a buscar la urna, en un intento por dejar de lado cualquier simbolismo y ponerle el cuerpo a la concepción más biológica y racional de la muerte que mi papá había intentado enseñarme.

Pude hablar de su muerte con una de mis mejores amigas, recién cuando había pasado un mes.  Por suerte, años después, aprendí otras maneras de tramitar el dolor y eso me salvó.

Por esos días, odié a los que se hacían los amigos y llamaban para expresar su pena y que, en vida, habían tenido que ver, desde su miseria, con los peores bajones de mi papá.  Los últimos años habían sido duros para su estado de ánimo, especialmente motivados por problemas en la empresa de ingeniería que había creado cuando cruzó el charco para empezar de nuevo.

Un gran tipo, mi viejo. Algo nostálgico, sumamente inteligente, con una cultura general que sorprendía y yo gustaba de admirar. Disfrutaba de desafiarme intelectualmente  cada vez que se le presentaba una oportunidad.  Aprendí de él, o debo decir “heredé”, esa manera cuidadosamente racional de encarar la vida, que me marcó durante muchos años.  Hoy la conservo para intentar entender, aunque tengo un paracaídas y me dejo llevar por algunas magias.

Imperfecto, claro.  Como yo, y como todos los demás. 

Decidió adoptar, dar su apellido y su corazón a dos hijas con padre ausente, aún ya teniendo otros cuatro hijos que amaba profundamente.  Me preparó para el examen de ingreso a primer año, me enseñó a manejar y corrió para llevarme al hospital por una apendicitis.  Todo lo que hace un papá, bah. Me puse colorada cuando me hizo notar que sabía de mi primer amor a los 13.  Me discutía sobre las razones de la crisis ambiental solamente, creo, para verme razonar y exponer los motivos que, por entonces, me acercaron a una militancia que marcó mi vida.

Era tan estricto como tierno.  Tenía una mente que creció con el siglo.  Pero peleó contra sus propios y, a menudo, rígidos principios, aquella vez que me dijo que si quería ser realmente libre tenía que decidir por mí y ponerle el cuerpo a las consecuencias,  incluso cuando ellas tuvieran que ver con enfrentarme con él. 

Detesto no recordar más de lo que recuerdo.  El otro va quedando borroso y esa es la peor muerte de la muerte.  Por suerte, las fotos de esos años sirven como disparadores de los recuerdos.  Mi papá fue quien dejó en mis manos la primera cámara que tuve, que él se había comprado en el viaje a Europa que había hecho con mi mamá, a mediados de los 80s.

Mi papá también me enseñó a amar a Julio Sosa.  Y antes de morirse, le pidió a mi hermana mayor que cuidara de mí. 

Lo que aún no logré aprender es a tratar a la muerte sin solemnidad ni tristeza.

Mi papá se murió un día como hoy, hace 20 años.

jueves, 11 de abril de 2013

Que hablen los que saben.


El amenazado

Jorge Luis Borges

"Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado,
pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes:
el ejercicio de las letras,
la vaga erudición
el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas,  
la serena amistad,
las galerías de las bibliotecas   
las cosas comunes,
los hábitos
el joven amor de mi madre,
la sombra militar de mis muertos,
la noche intemporal,
el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo,
es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz del ave,
ya se han oscurecido los que miran por la ventana,
pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías,
con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto).
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo."