“El día que supimos que llegaba el final con el padre de mis hijos, vino hasta mi casa muy tarde con un blíster de Valium: “estas cosas existen para momentos como éste”, me dijo. Una de las miles de veces que me rescató.
Los cuarenta son un punto de inflexión y a las dos nos encontraron nuevamente solteras, con hijos, algunos golpes y una vitalidad enorme para darle revancha a la vida y también al encuentro con otros. Hablábamos mucho de las experiencias que se nos iban presentando, el camino que recorríamos, las decepciones, los desencuentros, el desamor, la soledad, la felicidad, nuestros hijos, la vocación y en los últimos años, del patriarcado.
Ella, siempre hermosa y profunda y con una sonrisa irresistible, gustaba de experimentar todos los caminos que pudieran llevarla a un mayor autoconocimiento y a quitarle las armas a sus monstruos internos. Yo, con un derrotero similar pero más introvertido y solitario la escuchaba con fascinación.
Siempre confió en mí más que yo misma. Por décadas aprendimos, lloramos, discutimos, nos alejamos, nos acercamos, nos divertimos y hacia el final, sin tener la menor idea de que nos estaba pisando los talones, nos abrazamos y nos dijimos muchas veces cuánto nos queríamos. Y aun cuando a menudo pienso en aquello de Borges de “nada nos hubiera costado ser más buenos”, creo que pude quererla, respetarla y ser una buena amiga. Su ausencia me da esa lucidez que siempre llega tarde: la amaba porque era una persona hermosa pero más que nada porque era sabia.
La cotidianeidad de la vida se me puso de cabeza el año pasado. Y aunque el tiempo vuelve a llevarnos a algún tipo de equilibrio, la calma me llegó recién hace un par de meses. Una noche cualquiera, antes de su cumpleaños, a mí que no creo en nada, me vino a visitar y me dijo que vivió bien su vida, que está en paz, que lo que más la apenan son su hijo, su mamá y su hermana, pero que está segura de que irán encontrando la calma. Y yo lo creo porque cuando la vida me maltrataba, ella me decía, “vos confiá”.
Los aniversarios son caprichos del calendario, ya sé.
Hoy hace un año que se murió mi mejor amiga y yo llevo su sonrisa como refugio a todos lados.
