domingo, 22 de diciembre de 2019

La mitad de mí
acaba de decidir
entre las flores de la mañana
la resaca del sexo intergaláctico
el viaje a lo hondo de la mano
la memoria del verano que elegiste irte
la mordaza en los meses más tristes
y los desayunos que quisiste no poder.
La mitad de mí
acaba de decidir
que voy a dejarte ir.
De un tiempo a esta parte, las conversaciones con mis amigas nacidas en los 70s o a fines de los 60s se ha teñido de palabras como cambios, molestias, síntomas, deseo, calores, hormonas. Las mujeres de mi edad estamos empezando a recorrer el camino más repelido por nuestra cultura. No se lo nombra, no se lo considera, solo se lo combate. La civilización nos reclama para ser elegidas y consideradas, que siempre parezcamos jóvenes. De la edad de las mujeres no se habla, no se debe preguntar. Y gracias, diosito patriarcal, por inventar el botox, las cirugías y el Photoshop.
Hice este collage que les comparto porque mi batalla personal está siendo aceptar amorosamente el paso del tiempo porque me ha convertido nada menos que en la mujer que soy y porque no importa cuál sea nuestro género, atravesar saludablemente los años es un privilegio por el que deberíamos agradecer.
La revolución de las mujeres es también dejar de escondernos, dejar de intentar ser las que fuimos u otras aún más jóvenes, encontrar la belleza en nuestras pieles más deterioradas y reivindicar la potencia para el amor que traen los años y no el colágeno en la piel.
Es una montaña rusa y los espejos todos los días tienen algo nuevo para decirnos pero la batalla que debemos dar es con nosotras mismas para no intentar amordazarlos y dejarlos salir en nombre de la belleza más maravillosa que traen los años, la de la libertad.

martes, 15 de octubre de 2019

Calendarios

“El día que supimos que llegaba el final con el padre de mis hijos, vino hasta mi casa muy tarde con un blíster de Valium: “estas cosas existen para momentos como éste”, me dijo. Una de las miles de veces que me rescató.

Los cuarenta son un punto de inflexión y a las dos nos encontraron nuevamente solteras, con hijos, algunos golpes y una vitalidad enorme para darle revancha a la vida y también al encuentro con otros. Hablábamos mucho de las experiencias que se nos iban presentando, el camino que recorríamos, las decepciones, los desencuentros, el desamor, la soledad, la felicidad, nuestros hijos, la vocación y en los últimos años, del patriarcado.

Ella, siempre hermosa y profunda y con una sonrisa irresistible, gustaba de experimentar todos los caminos que pudieran llevarla a un mayor autoconocimiento y a quitarle las armas a sus monstruos internos. Yo, con un derrotero similar pero más introvertido y solitario la escuchaba con fascinación.

Siempre confió en mí más que yo misma. Por décadas aprendimos, lloramos, discutimos, nos alejamos, nos acercamos, nos divertimos y hacia el final, sin tener la menor idea de que nos estaba pisando los talones, nos abrazamos y nos dijimos muchas veces cuánto nos queríamos. Y aun cuando a menudo pienso en aquello de Borges de “nada nos hubiera costado ser más buenos”, creo que pude quererla, respetarla y ser una buena amiga. Su ausencia me da esa lucidez que siempre llega tarde: la amaba porque era una persona hermosa pero más que nada porque era sabia.

La cotidianeidad de la vida se me puso de cabeza el año pasado. Y aunque el tiempo vuelve a llevarnos a algún tipo de equilibrio, la calma me llegó recién hace un par de meses. Una noche cualquiera, antes de su cumpleaños, a mí que no creo en nada, me vino a visitar y me dijo que vivió bien su vida, que está en paz, que lo que más la apenan son su hijo, su mamá y su hermana, pero que está segura de que irán encontrando la calma. Y yo lo creo porque cuando la vida me maltrataba, ella me decía, “vos confiá”.

Los aniversarios son caprichos del calendario, ya sé.
Hoy hace un año que se murió mi mejor amiga y yo llevo su sonrisa como refugio a todos lados.