La soledad ayuda a sostenerse. Estar acompañado, también.
Dejarse derramar ayuda a sostenerse, echarse a llorar, tomar de más, tenerse piedad, enfocarse en otros, escuchar música, extrañarla a los gritos, meditar, no creer en nada, creer en todo, salir corriendo, dormir a deshora, mantener las rutinas, cuidar a los otros, abrazar a los hijos, no tener ganas, caminar rápido, arruinar lo que está bueno, estar en silencio, perder la dignidad, repararse por dentro, hablar, hablar y hablar. Todo eso ayuda a sostenerse.
Pero lo que es más instrumental para estar de pie es agradecer.
Agradecer por los años compartidos, por haberla tenido cerca tanto más de media vida, por el amor que nos toma por sorpresa, por los que siguen ahí y acá, por el mensaje cariñoso inesperado, por saber que no estoy sola, por la memoria que me deja recordarla, por todo lo que me dijo y que aún hoy puedo recrear cada vez que la necesito escuchar. Agradecer quita el foco de uno mismo y de la propia tristeza. Agradecer ayuda a sostenerse.